Septiembre 2007

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indio

Se me antoja pensar que sería un mundo idílico si pudiéramos decir además de que Huelva Acoge, que España y Europa acogen también, y que ello fuera verdad en todos los estratos de la sociedad. Una sociedad que algo dividida en distintas capas, tuviera un sentido de la globalización humana, del tronco común que nos une a todos los seres humanos y nos sublima a la fraternidad de esta humanidad que en su origen no tiene concepto de fronteras territoriales que son la expresión mayor de la propiedad privada. Sí que tiene concepto de una territorialidad inventada por los humanos como respuesta también a otro sentimiento que se dice natural porque desde la más tierna infancia hemos sabido distinguir “lo mío” queriendo acaparar todo. Pero ahí están las fronteras de la sociedad de bienestar, los listos que desprecian el conocimiento y los listos que no tienen posibilidad  alguna de llegar a ese conocimiento, los que crecen a cuenta de una economía globalizada y quienes no pueden vivir a causa de esa globalización del libre comercio.

            No es novedad en la historia el fenómeno de la migración. La humanidad ha sido emigrante  desde que conocemos la historia. Nació más nómada que sedentaria. Nuestro país me atrevería a decir, ha sido emigrante desde el siglo XVI, en una emigración continuada de la que nosotros somos testigos desde mediados del siglo pasado.

            La sociedad de bienestar que disfrutamos junto con casi toda Europa, el ocuparnos en trabajos selectivos, el avance en asistencia social, el decrecimiento biológico de la población junto con el aumento de nuestras clases pasivas y aumento también de la edad de vida, están haciendo que sean necesarios trabajadores de otros países recibidos entre nosotros en un justo intercambio. Cuando el Gobierno Español legalizó 800.000 emigrantes no hizo más que cumplir con un deber de justicia. Todo el problema estaba en que los “sin papeles” se convirtieran en “con papeles” para que pudieran trabajar legalmente reconocidos y sujetándose a nuestra legislación. Pero no nos podemos quedar en el alquiler de mano de obra que aumente nuestra producción, atienda nuestras  necesidades familiares y llene esporádicamente los vacíos producidos por la temporalidad laboral. Si viven entre nosotros, nacen entre nosotros y mueren entre nosotros; si sus nóminas llevan sus correspondientes deducciones de seguridad social y de IRPF; si tiene que estar sometidos a las mismas normas y leyes municipales, autonómicas y nacionales, habrá que ir pensado en unos derechos de ciudadanía como los demás que vivimos en las mismas circunstancias. El tejido social se tiene que ir haciendo en la convivencia y respeto a distintas culturas y religiones. Esos niños aceituna de ojazos enormes que nacen en nuestros hospitales muy bien atendidos, necesitarán dentro de poco una guardería y una escuela y es por ello que estamos trabajando para que todos los centros de enseñanza públicos o concertados estén totalmente abiertos a la formación de esta juventud variopinta que puede ser de veinticinco países diferentes y cuyos padres están haciendo la España que disfrutamos hoy. Estos emigrantes jóvenes están haciendo que estadísticamente disminuya el número de mayores sin miedo al  aumento de la esperanza de vida. Nuestras mujeres, inmersas ya en el mundo laboral con una vida activa como los hombres, necesitan otras personas que atiendan a la familia en sus distintas facetas. Se necesita pues, que estas personas que vienen en busca de una vida mejor, tengan reconocidos todos sus derechos sin distinción alguna por razón de procedencia.