
ÓBITOS
Se me están acumulando los muertos: invisibles rajas en el cuerpo. Llagado y dolorido ando tal que forense que no puede aliviar la vida sino determinar los motivos del deceso. Primero fue Juan Delgado, luego José Guevara y, ahora, Francisco Garfias. Al poeta de la Cuenca Minera ya le rendí pleitesía en su tierra, en Riotinto. El fallecimiento de Guevara me cogió en tránsito entre Dublín y Belfast y, la llamada de Víctor Pulido anunciándome el suceso, sólo me sirvió para coger una melancólica borrachera en su gloria, pero, le debo las palabras de esa meditación báquica -cuando corresponda, cuando se pueda-. Este martes tocaba fallar el Premio de Relatos Cortos “Zenobia”, pero, Darío Martín, secretario del Jurado, nos avisó de la muerte de Garfias, de Curro Garfias. Y no era plan, no lo era. El caso es que, un día por otro, los ánimos no me dan para escribir de Pepe (Guevara); todo se me vuelve silencio, hoja en blanco, puro recuerdo sin letras, imágenes y vivencias sin créditos. Y mientras me decido a tomar la pluma para escanciar el vino de la paráfrasis, me asalta la marcha del moguereño y nuevamente me enturbio, me ensombrezco. No es buen año para los creadores onubenses este año. En tropel van tomando camino los mejores, como en estampida de esta su/nuestra tierra que no siempre o nada dignifica a sus dioses, a los pequeños dioses: los que importan. Y desde la pequeña atalaya por donde miro el mundo veo pasar por la desangrada tierra de Onuba, los cortejos hechos de palabras y de pinturas, de poemas y de bosquejos nunca yermos. Adiós, Curro –me sale en un lamento.







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